Cuenta Martin Scorsese que su atracción por el blues se inició el día que escuchó una grabación de Leadbelly. El cineasta era entonces un joven enfervorizado con el rock, con el naciente rock and roll, y la escucha del trovador con muchos años de cárcel le sugirió que algo de lo que le traía aquella gruesa voz estaba en el origen de la música juvenil que le apasionaba.

 

Muchos años después, en 2003, con un larga filmografía en la que la música se había asomado al menos una vez en 'El último vals' (y luego volvería con su formidable documental sobre Bob Dylan, 'No direction home'), emprende ese viaje hacia las raíces que le había mostrado Leadbelly. Cuenta con cómplices punteros: Wim Wenders, en cuyo currículo está 'Buenavista Social Club'. Clint Eastwood, autor de la mejor rememoración jazzística en la pantalla, 'Bird'. También Mike Figgis, Richard Pearce, Charles Burnett y Marc Levin. El resultado es 'The Blues', siete largometrajes, una obra capital.

El que dirige Wim Wenders, 'The soul of a man', el único estrenado en nuestro país en los cines, tal vez sea el que mejor se adentra en esa ecuación temporal entre los músicos y sus raíces. Tomando como hilo conductor la navegación cósmica que emprendió en 1977 la sonda Voyager con representación de música terrícola en su equipaje, pone a cantar a Blind Willie Johnson entre las estrellas el blues que forma parte de la valija galáctica, 'Dark was the night'. La metafísica germánica desciende prontamente a tierra para presentárnoslo en imágenes envejecidas artificialmente que sirven a sus potentes temas de los años veinte. Tras él llegan otras dos indagaciones: Skip James, que tras ganar en 1931 un concurso en la Paramount desaparece en los siguientes treinta años, hasta que alguien logra subirle al escenario del festival de Newport de 1964. Y J. B. Lenoir, una manía personal de Wenders desde que oyó en su juventud el tema de John Mayall 'The Death of J. B. Lenoir', y que le lleva a localizar las últimas imágenes del cantante conservadas por una pintoresca pareja sueca, antes de que se lo llevara la muerte testificada por Mayall, tras un accidente de tráfico que por sus sombras recuerda la leyenda con fondo racista que para siempre tiñó la desaparición, treinta años antes, de Bessie Smith.

Lo apasionante de esta indagación en artistas cercados por el olvido es el cruce entre la música que dejaron y la que hacen sus intérpretes en la actualidad. Los temas de varias décadas atrás se ponen milagrosamente en boca de Lou Reed, Nick Cave, Los Lobos, Beck, Cassandra Wilson y otros muchos, en versiones personales rodadas y grabadas con el máximo cuidado. Frente a los sonidos precarios de los años treinta y sus imágenes en cámara fija, estas actuaciones trasladan en fragmentos montados con maestría arreglos e interpretaciones de gran altura, en las que no faltan la pasión ni el sentimiento. Como es natural, desbordan por casi todos los flancos las matrices originales de aquellas voces lánguidas punteadas por una guitarra. Pero entre líneas, o entre fotogramas, se va quedando una certeza. Algo había en Skip James, en Lenoir, en Willie Johnson que no logran atrapar esos sofisticados intérpretes. Para los primitivos la palabra actuación parece llevar un exceso de carga. Todo era sencillo, natural, biográfico: arrastraron una vida de penalidades, surgieron del fondo de su cultura negra estadounidense, aprendieron a cantar y tocar entre sus cercanos, recibieron una herencia fraguada en el dolor, la marginación y la explotación. Fueron eslabones de la queja oscura de varias generaciones. Lo que llega a labios de Lou Reed o Nick Cave es una forma musical inagotable que ellos respetan, doran, multiplican, pero cuyas raíces no les pertenecen. El largo camino del blues desemboca en estas perlas musicales, pero la grandeza del trabajo de Wenders y Scorsese es confrontarlas y anclarlas en sus orígenes para devolverles la densidad humana. El camino del blues, como el de casi toda manifestación folclórica, es el de la lucha contra el olvido de las raíces, que puede dejar a su música como un vago eco entre las estrellas. Fuente: NorteCastilla


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